viernes, 11 de noviembre de 2011

Crítaca a "De bestiis" por Benedicto Víquez Guzmán

La novela De Bestiis está configurada bajo el paradigma polifónico. Se estructura en tres partes sin título.

En De Bestiis, los seres imaginarios, los incomprendidos y temidos personajes del bestiario, terminan coincidiendo en el espejo con nuestra imagen asombrada. Así el espacio de la novela se torna laberíntica.

Los críticos acostumbrados a encontrar parecidos e influencias recordarán a Borges y esto, a pesar de ser cierto, no agrega mucho a la creación literaria que el autor ofrece. Así se observan voces de personajes que desde un presente, propio de la enunciación, se crean, se delinean, se personalizan y como en un coro de contrastes y contrapuntos, descubren sus recuerdos, evocaciones, sus tiempos idos y se interiorizan en sus propios laberintos con el fin de reproducir sus imágenes virtuales, apenas sospechadas y escasamente vividas. Una voz se hace presente y evoca:

"Mi nombre es Wolfgang Ungeheuer, y dejo claro desde el principio, que le he sido fiel toda mi vida, y que quizá es lo único de lo que estoy orgulloso, si es que a mi edad eso tiene alguna importancia. Anoche, al mirarme al espejo, mi reflejo estaba ausente, era otro quien ocupaba mi sitio, alguien demasiado familiar y cuyo rostro juraría que no he olvidado, aunque no estoy seguro de que tuviera rostro, de que aquellos ojos que me miraban fueran en realidad ojos, tan brillantes, y que a pesar de ello, su luz fuese como la más honda negrura que jamás hubiera visto. Hace ya diez años que me he establecido aquí, y en mí eso es saber donde voy a morir, donde mis recuerdos soltarán el amasijo de ceniza que he sido y dejarán que se lo lleve el viento. Todo aquí es lentitud, igual que si el reino de la ceniza se extendiera por los campos, por todos los valles e inundara los ríos con su sabor amargo, e hiciera de los hombres que habitan sus confines criaturas adormecidas."

Y casi de seguido afirma:

"¡Qué viejo soy, polvo apenas sostenido por recuerdos! No quisiera recordar a veces, en verdad quisiera que en mi todo fuera olvido, que esta larga aventura fuese sólo un terrible sueño."

Y la casa se llenó de bestias, voces, sueños, recuerdos y cobró vida como se fuera un anticuario pero de seres vivos. Una especie de biblioteca vital con una ventana como único ojo que permitía a los habitantes otear el horizonte, contemplar el mundo exterior y armonizar esos dos mundos extraños que tanto impresionaban a sus moradores, perdidos en esos laberintos llenos de espejos.

"Aquella sería la primera bestia de su colección, la primera aberración de tantas que inundarían paulatinamente la biblioteca y luego la casa entera. "Parece que papá no respeta la memoria de nuestra madre y llena la casa de monstruos" solía decir Clara muy a menudo, hasta que ella misma empezó a sentir atracción por la horda de criaturas y fue perdiéndose en un mundo silencioso, apenas de vagos gruñidos y miradas vacías, como si ningún ser habitara ya su hermoso cuerpo, ahora semejante a la concha de un caracol olvidada a la vera del camino."

En el mundo exterior solo aparecen los lugares y las aventuras como vivencias intuidas, sufridas, más deseadas que experimentadas. Así se enlazan interioridad y exterioridad, coexisten, en espacios diferentes pero experimentados:

"Para los que huyen, sólo hay dos caminos hacia la libertad: la locura o la muerte."

Dicho por el personaje cuando de Venecia y las lujuriosas noches con Lilith y la impotencia en los deseos de poseer a Margot, se dirige a África. No solo las imágenes permiten cotejar este dualismo sino hasta los espacios y el tiempo.

Así los personajes recorren sus propios laberintos en el mismo laberinto interior y desde su espacio monótono, rutinario y hasta asfixiante como trascurren los días en la oficina, en la biblioteca se abre el ojo-ventana y les permite salir, escapar y visitar no solo países lejanos sino las mismas casas conocidas como la de su prometida, en el caso de Alexánder, y encontrarse con otros personajes ya desaparecidos como don Tobías que evoca otras dimensiones más cercanas a las pesadillas.

Así abre ese mundo que la semióloga Kristeva llamaba carnavalístico, Menipea y que yo he codificado como polifónico y cercano a la sinfonía. Y el espejo se convierte en su mejor aliado.

Dos mundos llenos de monstruos, uno interior y otro exterior. Este último más conocido, frecuentado y visible. Así Wolfgang no los colecciona porque estos habitan con nosotros en las ciudades y deambulan entre las multitudes y llegan a los bares y cafés de moda. Viven en los espejos porque en definitiva estos monstruos habitan en nosotros, somos nosotros mismos.

Entonces la búsqueda de Wolfgang es contraria a la de su padre. Éste colecciona seres monstruosos reales como el perro de dos cabezas para evadir la monstruosidad que se insinúa en el espejo.

Alexander Suárez, que se puede tipificar como personaje corriente y poco llamativo, descubre en él la señal de la bestia maldita. Lo intuía, lo atisbaba, lo presentía hasta en sus sueños. Las claves de ese laberinto llegaban en todo lo que miraba con relación a este personaje, pero huyó, quizás por temor de penetrar en esas puertas que lo tentaban y así traspasar ese umbral del que no se puede regresar. Hasta que leyó el diario.

En la tercera parte de la novela se abre la noche de la iluminación. Todas las dudas se han despejado, no así en el mundo exterior, como sí lo fue en el mundo interior de Alexander.

Y la novela cierra con una perturbadora afirmación: vivimos un mundo interior y exterior lleno de monstruos, de bestias, e irremediablemente debemos enfrentarlo, pues solo éste existe y, por desgracia y aunque quisiéramos soslayarlo, esa es la naturaleza humana.


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La geometría de la eternidad: Die Soldaten.

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