martes, 8 de septiembre de 2009

El universo de la fábula

Esopo, La Fontaine, Lessing y Samaniego se cuentan entre los fabulistas más célebres de todos los tiempos. A Esopo no solo se le atribuye ser el padre de la fábula, sino que es de todos los fabulistas acaso el más imitado, o usado como modelo. Una de sus fábulas más conocidas es La zorra y los racimos de uvas:

Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca.
Mas no pudiendo alcanzarlos, se alejó diciéndose:
- ¡ Ni me agradan, están tan verdes... !
Nunca traslades la culpa a los demás de lo que no eres capaz de alcanzar.

Es Jean de La Fontaine, sin embargo, a quien se le atribuyen las fábulas más famosas de la historia, y sobre cuya obra regresaremos más adelante. Veamos a continuación una de sus fábulas:
El loco que vendía sabiduría

Huid siempre de los locos, es el mejor consejo que puedo daros. Abundan en la corte, y suelen gustar de ellos los príncipes, porque asestan sus tiros a los bribones y a los majaderos.
Iba gritando un loco por las calles y plazuelas que vendía sabiduría, y muchos crédulos corrían a comprarla. Hacíales extrañas gesticulaciones, y después de sacarles el dinero, les obsequiaba con un tremendo bofetón y un bramante de dos brazas de largo. La mayor parte de los engañados se sulfuraba; pero, ¿de que les servia? Quedaban burlados doblemente: lo mejor era tomarlo a risa o marcharse sin abrir la boca con el bramante y la bofetada. Buscar a aquello algún sentido hubiera sido hacerse silbar como solemnes mentecatos. ¿Qué razón explica los actos de un loco? El azar es la causa de todo lo que pasa en una mollera trastornada. Pero, cavilando sobre el bofetón y el bramante, uno de los burlados fue a buscar a cierto doctor varón, que sin vacilar le contestó: “El hilo y la bofetada son preciosos jeroglíficos: toda persona de seso debe mantenerse apartada de los locos la longitud de ese cordel. Y si no lo hace así, se expone a atrapar algún moquete. No os engaño el loco: vende sabiduría.”

Uno de los más particulares fabulistas de los que aquí mencionamos es Gotthold Ephraim Lessing, ya por la brevedad de sus obra fabulada, ya por la orientación más humanística que La Fontaine o Samaniego, menos en lo puramente social y más en la lo esencialmente humano. Pero ya tendremos otra vigilia para dicho tema. Dado que no encontré su obra en español, me he tomado la libertad de traducir una pequeña fábula de su libro Fabeln:

El pavorreal y el gallo
Uan vez le dijo el pavorreal a la gallina: ¡Mira nada más, cuan arrogante y desafiante se pasea el gallo! Y luego los humanos no dicen: el orgulloso gallo, sino siempre: el orgulloso pavorreal.
Así es, dijo la gallina, porque el hombre perdona un orgullo justificado. El gallo está orgulloso de su atención, de su hombría, ¿pero tú de qué? De plumas y colores.


Una de las particularidades de Félix María Samaniego es que sus fábulas están escritas en verso, como la siguiente

Las moscas

A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron
que, por golosas, murieron,
presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.
Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina.

Pero dejémonos de tanta fábula y demos un vistazo en nosotros mismo. No podremos negar que desde que tenemos memoria, (bien leída cuando ya nos atrevíamos a solas, en la biblioteca familiar, a explorar los libros de los anaqueles, o bien leída por la madre o la abuela) la fábula de la cigarra y la hormiga ha estado allí, entre nosotros. Y es posible que recordemos destintas versiones, amén de las variantes de cada país. Pero es que en realidad sí hay varias versiones. La cigarra y la hormiga es una de las fábulas atribuídas a Esopo y recreada por Jean de la Fontaine y Félix María Samaniego, si bien originalmente a la hormiga se le ablandaba el corazón y le regalaba uno granos a la cigarra para que no muriese, en las otras versiones, no hay piedad y la falta de previsión del la cigarra se castiga con una muerte inminente. Veamos entonces:

La cigarra y la hormiga de Esopo

La cigarra le preguntó a la hormiga porque llevaba tanto alimento. «Debo almacenar alimento porque pronto vendrá el invierno», respondió la hormiga. La cigarra comenzó a reír. «Tonta, pero si hay alimento por todas partes. Además el invierno sólo llegará en tres meses», dijo.
La hormiga no prestó atención a lo dicho por la cigarra y siguió su camino a casa. La cigarra le gritó: «tonta, disfruta la vida».
Así pasaron los siguientes tres meses. La hormiga seguía recolectando alimentos, mientras que la cigarra sólo coleccionaba las letras de las canciones que escribía en sus largos días de descanso.
Al llegar el invierno todos los animales del bosque se refugiaron en sus casas para protegerse del frío. Al ver la cigarra que caían los primeros copos de nieve intentó buscar un árbol u otro lugar done pasar el invierno pero no tuvo suerte. Todos estaban ocupados.
Los días pasaron y la cigarra estaba muy flaca y con hambre. Caminaba entre la nieve buscando alguna hoja o semilla pero no tenía suerte. Desesperada la cigarra tocó en la puerta de la casa de la hormiga y le pidió comida. La hormiga se compadeció de la cigarra y le dio un poco de arroz, no sin antes decirle: «recuerda, es mejor prevenir que lamentar».

La cigarra y la hormiga Jean de La Fontaine

Cantó la cigarra durante todo el verano, retozó y descansó, y se ufanó de su arte, y al llegar el invierno se encontró sin nada: ni una mosca, ni un gusano.
Fue entonces a llorar su hambre a la hormiga vecina, pidiéndole que le prestara de su grano hasta la llegada de la próxima estación.
-Te pagaré la deuda con sus intereses; -- le dijo --antes de la cosecha, te doy mi palabra.
Mas la hormiga no es nada generosa, y este es su menor defecto. Y le preguntó a la cigarra:
-¿ Qué hacías tú cuando el tiempo era cálido y bello ?
-Cantaba noche y día libremente -- respondió la despreocupada cigarra.
-¿ Conque cantabas ? ¡ Me gusta tu frescura ! Pues entonces ponte ahora a bailar, amiga mía.
No pases tu tiempo dedicado sólo al placer. Trabaja, y guarda de tu cosecha para los momentos de escasez.

La versión en rima de Samanioego es a todas luces una reelaboración de la de La Fontaine:


La cigarra y la hormiga de Samaniego

Cantando la cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno.
Los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Vióse desproveída
del precioso sustento,
sin moscas, sin gusanos,
sin trigo y sin centeno.
Habitaba la hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto
le dijo: "Doña Hormiga,
pues que en vuestros graneros
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste cigarra
que, alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme,
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo."
La codiciosa hormiga
respondió con denuedo.
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
"¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana:
¿Que has hecho en el buen tiempo?"
"Yo —dijo la cigarra—.
A todo pasajero
cantaba alegremente,
sin cesar ni un momento.
¡Hola! ¿Con que cantabas
cuando yo andaba al remo?
¡Pues ahora que yo como,
baila, pese a tu cuerpo!

He querido afinar un poco la mirada sobre esta fábula pues es una de las que nos da pie para introducir el último elemento en este brevísimo atisbo en el universo de la fábula: la música.
La fábula, con su deliciosa musicalidad, no podía ser pasada por alto como material de canciones. Uno de los más famosos ciclos de canciones sobre textos de fábulas es el de Jacques Offenbach, sobre las de La Fontaine, en el que La cigarra y la hormiga no podía faltar. La historia del ciclo propiamente es algo accidentada y discontinua, pues si bien fue escrita en 1842 cuando Offenbach se hacía camino entre los salones parisinos (y hasta tuvo una pequeña edición en la Editorial A. Cotelle), no fue sino el 5 de octubre de 1980, para el centenario de su muerte, que finalmente fueron reeditadas, primeramente en alemán. Le debemos en gran medida la versión pianística a Peter Stamm, retomada de la borrosa versión original en francés, algo engorrosa asimismo, dado que Offenbach (violonchelista) apenas tocaba el piano.

La geometría de la eternidad: Die Soldaten.

Una conversación con Carlos Padrissa